“Yeah, I heard a funny thing
somebody said to me
you know that I could be in love,
somebody said to me
you know that I could be in love,
with almost everyone
I think that people are the greatest fun
and I will be alone again tonight, my dear”
I think that people are the greatest fun
and I will be alone again tonight, my dear”
-Arthur Lee.
Su piel moría de ganas por desvestirse.
“Usted señor conoce al actor”.
Sus labios goteaban mediocredidad.
“A ver si hace memoria”.
La música -sin intentarlo- era fúnebre.
“Confía en vos, llama y gana”.
Quisiera morder sus pezones y desnudarla contra ese falso decorado.
“Tres mil pesos que pueden ser tuyos”.
Las palabras que expresaba, fluían con lentitud. Parecían no querer
terminar.
“Disque ahora, asterisco dos mil doscientos”.
Las indicaciones que entregaba eran astutas. El brillo de sus ojos, aun
mas.
“Cuanto mas llamas, mas intentos tenes. ¡Estamos en vivo!”
El tiempo pasaba. Ella no iba a quedarse toda la noche allí. Pensé en
llamar.
“Podes levantarte mañana con tres mil pesos”.
En mi no había expectativas ni por el dinero, ni por tener sexo con ella.
“Señor director, reloj de dos minutos”.
La notaba triste, exclamaba segundo tras segundo: “hoy es tu día”.
Pero la ilusión de su mirada, rogaba porque fuese el suyo.
“No dejes que otra persona juegue por vos”.
Deje de imaginarla besando mi cuello. Para darme cuenta que me estaba
hablando.
“Voy a aumentar el pozo, suertudo”.
Me estaba esperando. No dejaba de mirarme. Yo tampoco a ella.
“El ganador me tiene que invitar a cenar”.
Su cuerpo cansado no encontraba sitio para reposar. Mi cama, era solo mía.
“¡Línea caliente!” “¡Subo el pozo a cinco mil!”
Era bella y la madrugada la volvía por demás cautivamente.
“¿Cuánto tenes que trabajar para ganar cinco mil?”
Conteste por no ser descortés: “cuarenta días”.
“Hoy podes dejar de ser un perdedor”.
Decidió ignorar mi respuesta. Eligio seguir dando pistas.
“¿Esta horizontal o vertical?”.
¡Dios! Me ponía furioso. Ya sabía el apellido del actor. Incluso una vez
trabaje para el, sirviéndole pizza en la casa de su cuñada.
“Me dice el señor director que debemos irnos. Se hace tarde”.
Mi retrasada cena estaba fría ya. No quería perder su compañía.
“El reloj comienza a correr”.
Sus palabras guiaron a mis manos.
“Yo confío en vos. ¿Acaso no crees en mí? Basta, me voy. No confías en mi”.
Si que lo hago -conteste-. ¿Pero y si no es verdad?
“Minuto final. Y yo sola espero”.
Salte de la cama. ¡Era mi oportunidad! Su voz exclamaba por mi cuerpo.
“Dieciséis segundos, te estoy esperando”.
Disque el asterisco dos mil doscientos. Tras sonar varias veces, una voz con
sonido a maquina me hizo esperar.
“Quiero hablar con vos”.
Imagine a sus pezones excitados por el calor de mi lengua.
“Llama y te aseguro que ganas.”
Los segundos pasaban en silencio, mi ansiedad iba en aumento.
“No puedo ayudarte mas. Pero te sigo esperando”.
Su rostro era sincero. No más que su belleza, apenas llevaba maquillaje.
Era caóticamente perfecta.
Las pistas continuaban: “Segunda línea vertical. Allí hay que mirar”.
Mi teléfono me mantenía a la espera. La voz con sonido a maquina me hacía
aguardar en línea.
“No puedo creer que no me estés llamando”.
¡Si te estoy llamando! ¡No me comunica esta maquina de mierda!
“Instante final, quiero hablar con vos”.
Déjenme hablarle –comencé a los gritos-. Me necesita en su vida. Yo la
necesito en la mía.
“Cinco, cuatro, tres…”
Mi voz se canso de gritar y todos mis sentidos se detuvieron a escuchar sus
palabras.
“…dos, uno. Aquí el señor director me dice que esta el ganador”.
Me prepare. Era el primer momento de vida junto a ella. Iba a ser por
teléfono. ¡Ja, que antigüedad!
“Hola ¿con quien tengo el gusto?”
Una voz apagada y un tanto melancólica dijo “hola”. No era yo. No me
eligió. Prefirió a otro miserable. Había creído en ella. Me engaño.
“Sos el ganador. Así termina este juego. Con un ganador”.
Mi bronca estallo ante la pantalla. Ella ahora era “esa” y continuaba
sonriendo. No se detuvo, hasta que las luces se apagaron y no hubo mas que ver,
que el vacío de mi habitación.
“Me voy feliz, con este campeón”.
Fue lo último que le escuche decir. Mientras en mí, su imagen se grababa.
Boris Hernández.-
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